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Mural: El agua, origen de la vida y la lucha de clases, Diego Rivera. |
La presente reflexión parte del reconocimiento del
profundo declive organizativo que ha experimentado la clase obrera en
México como consecuencia del control corporativo, el oportunismo de los
liderazgos sindicales y la implantación de una concepción funcionalista
del conflicto social. Dicho proceso ha vaciado de contenido político a
los sindicatos, transformándolos, en muchos casos, en instrumentos de
mediación al servicio de intereses ajenos y extraños a los trabajadores.
El sindicato es un instrumento de la lucha
de clases que además de buscar suprimir el sistema de trabajo asalariado, agrupa
a los trabajadores para la defensa de sus intereses o reivindicaciones vitales
o fundamentales y cotidianas o del momento [1]. En en el terreno
económico es una organización de resistencia que defiende los intereses mediatos e inmediatos de los asalariados. Los sindicatos son un punto de apoyo cuando los trabajadores defienden el derecho colectivo a
condiciones de trabajo decentes, salarios dignos, estabilidad laboral; y con
pactos temporales garantizan el acceso subsidiado a servicios públicos de
seguridad y previsión social o enarbolan la lucha por el derecho a la vivienda,
cultura y educación pública. En este sentido, los sindicatos son clasistas porque expresan con claridad la contradicción estructural entre capital y trabajo.
En contraste la patronal siempre ha buscado desarticular la vida orgánica de los sindicatos. Por ello, desde la segunda
mitad del siglo XX a la fecha, los empresarios promovieron entre los sindicalistas intereses ajenos y extraños a los trabajadores a través de prácticas calificadas de oportunistas, burocráticas y corruptas. Una vez debilitados los sindicatos se convierten en correas de transmisión de los intereses patronales que consisten en afianzar la rentabilidad del capital y el reforzamiento del poder de las compañías [2].
Otro elemento que debilitó el trabajo sindical es que las clases dominantes engañaron a las clases empobrecidas jugando con su ignorancia y el miedo a la pobreza. Los engañaron argumentando que para dejar de vivir en la pobreza era más conveniente renunciar a
la lucha por su emancipación y conciliar sus
intereses de clase a cambio de garantizar una vida decorosa. La aparente movilidad social
ocasionó, por un lado, que los sectores menos avanzados de la clase obrera
abandonaran las causas sociales por comodidad y, por otro lado, que muchos
sindicatos clasistas se convirtieran en una burocracia dedicada a la promoción
del dialogo social y escamoteo de los derechos adquiridos.
Éste subterfugio de la movilidad social sostiene
que la diferencia entre clases sociales es el poder adquisitivo
o capacidad de consumo de una persona y no de acuerdo al lugar que se ocupa en
las relaciones sociales de producción. De ahí que se crea factible transitar de
una clase baja a una clase media o alta con solo aumentar tu poder adquisitivo
por encima del ingreso promedio de la clase a la que se pertenece; lo cual no altera la relación entre capital y trabajo del
modo de producción capitalista.
La implantación de la
teoría del dialogo social es el vehículo con el cual se logró introducir el
apoliticismo en los sindicatos. La decisión de renunciar a la confrontación
directa de clase contra clase y de optar por el dialogo social significó
renunciar a la teoría marxista de la lucha de clases y asumir la teoría
burguesa de colaboración de clases. En efecto, dicha teoría ha sido funcional a
los intereses de la patronal, ya que a través de ella se ha promovido entre los
trabajadores la idea de eludir la confrontación frente a la agresión. De ahí que, a espaldas de sus compañeros de
trabajo, los oportunistas prefirieran sacar provecho de los conflictos
laborales pactando con la patronal.
Otra causa del profundo debilitamiento de
los sindicatos es la corrupción derivada de los buenos negocios y pactos de damas y caballeros que penetró las estructuras sindicales cuando
se comenzó a premiar a los dirigentes más obedientes y a los trabajadores más
leales a la patronal. Los premios tenían como objetivo corporativizar a la base trabajadora mientras
se reforzaba la idea de combatir la desigualdad social por medio de reformas al
sistema social que las produce.
En conjunto, estas acciones contribuyeron a la intensificación de la explotación de los trabajadores
que representaban los sindicatos y, además, con todos estos métodos crearon entre la base
trabajadora un clima fatalista, de aceptación del “mal menor”, es decir, la
reducción de los salarios o las horas de trabajo a fin de no perder los puestos
de trabajo.”[3] De este modo sucedió la
conversión de los sindicatos clasistas en “…estructuras burocráticas e
“instituciones” de mediación entre los trabajadores y el estado burgués, otorgando
su conformidad a los patrones para golpear a todas las voces de lucha en el
nivel primario – en las fábricas, empresas y lugares de trabajo”[4].
La traición se organizo por la burocracia sindical.
En suma, la insidiosa política del dialogo
social corrompió a las directivas sindicales dejando sin razón de ser a los sindicatos, a sabiendas de que todo
lo que se desvía de su propósito decae para luego perecer con el tiempo. De igual manera el engaño de la movilidad social apaciguó los ánimos de los trabajadores al inculcarles una actitud tolerante y
sumisa ante cualquier injusticia o mal trato.
Esbozadas
las causas del declive organizativo de la clase obrera hay que exponer en un
sentido práctico los principios que rigen al sindicalismo clasista,
democrático, unitario, moderno e independiente para hacer frente a los estragos
ocasionados por la implantación de la teoría del diálogo y cooperación social,
que han venido utilizando las clases dominantes para gestionar los conflictos y
garantizar el control efectivo de las masas en todo el mundo.
La democratización de la vida interna y la construcción de la unidad de la clase obrera al interior de los sindicatos tiene como principal dificultad la existencia de tendencias
confrontadas en una guerra de posiciones. En ese sentido los distintos bandos
desarrollan, de manera consciente o no, su actividad sindical conforme a la
lógica de la guerra de posiciones, que tradicionalmente consiste en la concentración de fuerza
en posiciones estratégicas que una vez tomadas se defienden con la intención de
iniciar una guerra de desgaste que aumenta el número de bajas y arruina
moralmente al enemigo. Pero en el ámbito sindical consiste principalmente en
conquistar las asambleas, secciones, comisiones y otros cargos de elección popular
para convertirlas en posiciones defensivas, pues de este modo se contiene de manera
escalonada el avance del enemigo en la toma de posiciones.
En la
actualidad los charros controlan estos espacios que funcionan como reservas
estratégicas para frenar escalonadamente la desarticulación del sistema de
control obrero de la patronal. De modo que intentar tomar el poder, sin contar
con puntos de apoyo firmes no haría más que retrasar el cumplimiento del
objetivo estratégico; y en caso de lograrlo, la restauración de la democracia virtual y fácilmente minada. Es por ello que
se deben establecer tácticas orientadas a socavar de manera suficiente la
organización de los enemigos de clase para alterar la desventajosa correlación
de fuerzas y una estrategia dirigida a recuperar el control total de cada uno
de los puestos de representación colectiva para acrecentar la influencia de la
tendencia democrática.
Lo dicho hasta
aquí supone un gran esfuerzo de investigación, estudio y divulgación adecuada
de información suficiente como para articular un plan capaz de unificar y guiar
un movimiento estructurado de base a pesar de las coyunturas internas e
influencias externas.
Ahora bien el punto de partida en
la construcción de un movimiento unitario, democrático y de base comienza por
iniciar una revolución desde adentro, es decir aprender a pensar y trabajar de
manera colectiva, que en términos prácticos consiste en articular células.
Estás estructuras base de organización son grupos de trabajo que toman partido
por restablecer o mantener el carácter clasista de un sindicato.
La importancia
de las células se debe a que es el espacio adecuado para practicar la
democracia verdadera basada en:
- El dialogo y debate de
diversas expresiones de pensamiento hasta agotar la discusión;
- La toma de decisiones por consenso o votación; y
- La designación de responsabilidades y coordinación operativa de
todas las fuerzas en la ejecución de la decisión acordada.
La
democracia verdadera nos permite elaborar y perfeccionar las iniciativas, después
de consultar la opinión de la mayoría. Positiva o no la opinión de los demás es
fundamental conocer la reacción de las personas si lo que buscamos es el bien
común. En la práctica una célula puede ejecutar sin problema lo acordado pero
eso no significa que los demás compañeros de trabajo los vayan a seguir sin
más. De ahí la importancia de aclarar la diferencia entre indicar el camino e
invitar a caminar juntos por un mismo objetivo. En una palabra la dirección que
impulsan unos para los otros no es más que un consejo o una propuesta que
pueden tomar o no para orientarse en la resolución de los problemas comunes a
todos. Para simplificar, la democracia toma su tiempo pero es segura.
Otro aspecto a considerar con
relación a la dirección elaborada por el núcleo dirigente es que cualquier
supuesta acción organizada y consciente se debe basar en evidencia científica y
no en meras creencias, sesgos o prejuicios porque de lo contrario la pretensión
de lograr el efecto deseado fracasará al chocar con el infranqueable muro de la
realidad. Pero en caso de lograr el efecto deseado con la iniciativa propuesta
a las masas, como consecuencia de un correcto análisis, el grupo se ganará la
confianza de sus compañeros de trabajo y tendrá la legitimidad suficiente como
para indicar el camino a seguir. Por tanto, sin la construcción democrática de
una orientación correcta basada en evidencia científica no se podrá persuadir
más que aun puñado de convencidos pero jamás a las masas; y sin ellas no se
pueden llevar a cabo las grandes transformaciones sociales que se escriben en
los libros de historia.
Otro aspecto a revisar es garantizar la independencia de clase frente a la
influencia de intereses ajenos y extraños a los trabajadores es hacer un profundo y riguroso
análisis de la estructura, funcionamiento y dinámica del lugar de trabajo para ofrecer conclusiones de utilidad sobre el asunto
de nuestro interés o de cualquier fenómeno social. El primer paso es el blindaje ideológico que comienza por el estudio disciplinado de la teoría y análisis
constante de la realidad concreta, ya que nos permite llevar a cabo
interpretaciones cada vez más exactas del mundo que nos rodea. Si bien el estudio constante es
suficiente para despertar la conciencia, con la práctica se desencadena la modificación
del estilo personal de vida y reestructuración de las prioridades en un sentido
colectivo, es decir, se aprende a pensar colectivamente para resolver los
problemas comunes a todos. Sin embargo, modificar el comportamiento o
reorganizar la vida personal para corregir o mejorar prácticas y empatar
prioridades personales con el interés colectivo es un proceso en constante
contradicción con el sistema de valores individualistas y liberales. Por tal
motivo es fundamental que el trabajo sindical de las células se enfoque en
lograr que en cada centro de trabajo todos los obreros sean capaces de auto-organizarse,
auto-regularse y auto-tutelarse.
Como vemos la independencia se
alcanza cuando al interior de un sindicato los trabajadores aprenden a regular
su convivencia y se organizan por cuenta propia para hacer valer sus derechos o
defender sus intereses de clase. No obstante, la autonomía se mantiene
cuando la clase obrera es capaz de impulsar un proyecto social en concordancia
con lo que piensa, dice y hace acerca de la democracia, el progreso y la libertad.
Por consiguiente es crucial profesionalizar la actividad sindical .
Respecto a lo que se refiere un sindicato moderno cabe destacar que este es una organización clasista,
democrática, unitaria e independiente, ya que sólo partiendo de esos principios
se puede superar las prácticas obsoletas del sindicalismo corporativo,
oportunista y de la burocracia disociada de la realidad que viven los trabajadores.
Es por esto que un sindicato moderno además de atender las necesidades e
intereses de sus afiliados o solucionar los conflictos laborales; se preocupa por
formar nuevos dirigentes y garantizar el relevo generacional con la formación
política de los más jóvenes y de todos los interesados en mantener la democracia
y libertad sindical, con el único fin de suprimir el sistema de trabajo asalariado.
Por todo lo expuesto, la reconstrucción del
sindicalismo clasista en México requiere: primero, romper con la lógica
del diálogo social y la corrupción burocrática; segundo, democratizar la
vida sindical mediante células autónomas que practiquen la deliberación
y el consenso; tercero, garantizar la independencia de clase a través
del estudio riguroso de la realidad concreta; y cuarto, profesionalizar
la actividad sindical con relevo generacional. Sin estos cuatro ejes,
cualquier intento de renovación naufragará en el corporativismo o en el
voluntarismo estéril. La alternativa es clara: democracia real contra
burocracia, unidad de clase contra división oportunista, acción
consciente contra fatalismo.
[1] Paredes Macedo, Saturnino.
Los sindicatos clasistas y sus principios. Edit. Bandera Roja. Lima, Perú.
1972. Pág. 2.
[2]Jaime, Lorena. Federación
Sindical Mundial: ¿Qué es y qué quiere?, temas ideológicos y políticos del
Movimiento Sindical Internacional: 16 discursos a cargo del Secretario General,
George Mavrikos. Edit. Oficina Regional de la FSM para África. Segunda edición
– 2016. Johannesburgo, Sudáfrica. Pág. 104