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Mural: La marcha de la humanidad, David Alfaro Siqueiros.
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La marcha de la humanidad de David Alfaro Siqueiros es un mural que buscó dejar un legado cultural para las nuevas generaciones porque representa la evolución de la conciencia de libertad y de justicia en la historia de Latinoamérica. No obstante, durante el llamado periodo neoliberal en México diversos actores políticos y mediáticos intentaron desmantelar la memoria colectiva y proclamar el fin de la historia, aunque la realidad fuera otra, para borrar del imaginario colectivo la idea de que la humanidad continua marchando hacia la revolución del futuro .
Las generaciones que se formaron una visión del mundo dentro de este periodo de hegemonía neoliberal vivieron tiempos en los que el gobierno federal restó importancia, en los programas educativos, a los movimientos obreros, campesinos y nacionalistas que provocaron cambios profundos en la vida pública de nuestro país.
De manera que no es enteramente casual que una parte de la juventud mexicana de la generación milenial o Z le resulte extraño que los movimientos obreros y campesinos que conocen se movilicen fuera de los marcos ideológicos de los discursos oficiales contemporáneos, incluso de aquellos que se reclaman herederos de esas luchas. El extrañamiento responde en buena medida al trabajo realizado por ciertos medios de comunicación destinados a tergiversar la historia de los que luchan por democracia, justicia y bienestar para todas y todos. Por lo que despertar el interés por el legado cultural de nuestro pueblo es decisivo para contribuir a la comprensión de su valor social.
En primer lugar, la cultura es un conjunto de conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres que caracterizan a un pueblo. Sin embargo, en toda sociedad dividida en clases, la cultura que se difunde masivamente no es un reflejo neutral del "pueblo", sino aquella versión que tiende a legitimar los intereses de quienes controlan los medios de producción simbólica. Una concepción distinta, que comprende el valor social de la cultura, es la que ofrece el constitucionalista Alejandro del Palacio Díaz:
“Cultura es cultivo, cultivo del hombre que empieza con la agricultura, con el cultivo del campo que le permite al ser humano volverse sedentario e iniciar la civilización. Por la agricultura el hombre finca las condiciones para acumular su saber y experiencia adquiridos, transmitiendo de generación en generación el fruto de su propio cultivo, de su cultura.
La agricultura, igual que todo cultivo posterior, incluidos la ciencia y el arte, cobra sentido en tanto sustenta al hombre y sirve para su desarrollo y evolución para la actualización racional de sus capacidades, que implica el cultivo de aquello que estima valioso. Cultura es, en esencia, cultivo de valores, cuyo contenido y amplitud varían a lo largo de la historia.”[1]
De acuerdo a esta definición la promoción y difusión de la cultura debería garantizar el pleno desarrollo de todos los mexicanos y no de intereses ajenos al bien común. Pero lo cierto es que la cultura efectivamente difundida a través de instituciones de alcance masivo omite de manera sistemática los hechos que dan cuenta de la independencia política de la clase obrera, así como de su contribución en la lucha por materializar los aspectos más progresistas del proyecto social plasmado en la Constitución de 1917.
Para ilustrar mejor el modo en el que se llevan acabo este tipo de omisiones en libros de historia, programas educativos, etc. se debe hacer notar que en muchos casos no se concibe a la sociedad mexicana como un sistema orgánico de clases sociales diferenciadas por el lugar que ocupan en las relaciones sociales de producción capitalistas.
Por ejemplo, es poco conocido entre la mayoría de la población que el estallido del conflicto laboral entre el Sindicato de Trabajadores Petroleros de la República Mexicana y las compañías petroleras fue la causa de lo que luego se convertiría en un conflicto directo entre el gobierno mexicano y las empresas transnacionales, ya que estas se resistían a cumplir con el fallo a favor de los obreros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Es por ello que la resolución del conflicto solo fue posible mediante el decreto de expropiación petrolera del 18 de marzo de 1938 del presidente Lázaro Cárdenas del Río y la intervención decisiva de los sindicalistas, que desde el interior de las empresas participaron en la expropiación legal de armas, instalaciones, edificios, refinerías, oleoductos, embarcaciones, etc. de compañías petroleras como la Standard Oil Company.
Otro caso donde también se omite o menos precia la participación de las masas son las relacionadas al reparto agrario donde principalmente campesinos indígenas se enfrentaron al poder de los hacendados y caciques regionales. No obstante, los beneficios de las conquistas sociales solo han beneficiado a unos cuantos y cada merecido logro del pueblo trabajador ha sido atribuido al gobierno en turno.
Ya sea en un caso u otro las hazañas de los explotados y oprimidos son omitidas por las clases dominantes al momento de hacer memoria y escribir la historia de un pueblo dividido por la propiedad privada sobre los medios de producción.
Es así como la burguesía manipula la historia de los pueblos para imponer su tersa visión del desarrollo histórico de un país que no puede ocultar los numerosos mártires, masacres y, sobre todo, hazañas.
La razón por la cual se evita esta forma de concebir la estructura de la sociedad civil es porque la actual clase gobernante conquistó la hegemonía cultural con el fin de hacerla corresponder a sus intereses y sostener frente a las clases subalternas su posición dirigente.
En consecuencia la visión del pasado de la mayoría de la población se encuentra constreñida a la forma de concebir el mundo de la clase burguesa, lo cual no admite concesión alguna a la memoria de la clase obrera.
En vista de que no es casual la desatención histórica sobre los logros alcanzados durante el siglo XX por las obreras de la fabrica Medalla de Oro; la conveniente omisión de algunas canciones de protesta escritas por Judith Reyes, Gabino Palomares y Enrique Molina entre otros; la tergiversación del digno movimiento zapatista; la discontinuación de libros que narran procesos de insurgencia sindical como el “Escuadrón de Hierro” de Elías Barrios, entre otros. Esto no significa que no existan esfuerzos aislados por rescatar la memoria obrera y campesina, pero su alcance ha sido marginal frente a la omisión sistemática. Por ello es normal que hoy en día la juventud tenga una visión sesgada de diversos acontecimientos históricos.
Tal modo de concebir la historia le atribuye los grandes avances y logros sociales de México a un puñado de personajes como lo son Benito Juárez, Porfirio Díaz, Venustiano Carranza o Lázaro Cárdenas mientras, en beneficio de la hegemonía capitalista, omiten las tragedias del pueblo bajo su gobierno.
Es por ello que ante la duda de quién fue en realidad quien luchó contra los conservadores; defendió la patria de las intervenciones extranjeras; construyó las vías férreas o quiénes fueron los que con más empeño pugnaron por establecer en la Constitución los artículos 3°, 27° y 123° se puede asegurar que en realidad fueron las masas trabajadoras del campo y la ciudad quienes asumieron con mayor compromiso social la responsabilidad de construir un mundo distinto a lo hasta entonces conocido.
En efecto, tal diferencia da pie a dos puntos de vista de la historia nacional donde, por un lado, resalta el papel de la clase gobernante y, por el otro, se menosprecia la actuación de las clases sociales acusadas de disolución social.
Luego, si aceptamos que durante un largo periodo de la humanidad la información no circuló con la misma facilidad que existe en la actualidad y que las clases dominantes siempre se han esforzado por tergiversar las fuentes y castrar las partes integrantes de la cultura nacional podemos tener una idea clara del reto titánico que representa lograr la democracia en la ignorancia sin antes vencer la democracia de la pobreza. De igual modo es posible que éste complejo estratagema no solo se haya diseñado para confundir ideológicamente al destacamento mexicano del proletariado, sino también restaurar a nivel nacional la hegemonía mundial capitalista, que antes de la desaparición del campo socialista obligó a muchos gobiernos del llamado mundo libre a convertirse en dictaduras cívico militares. En otras palabras esta renovada dominación ideológica pretende convertirnos en siervos de las empresas y en colaboradores oportunistas del patrón, puesto que esta visión burguesa combina la cultura de los que se enseñaron a ser tiranos y opresores en las compañías agrícolas e industriales y la cultura de la sumisión que germinó en las mentes de los hombres sencillos las ideas del explotador.
En conclusión, durante el periodo neoliberal, el gobierno fue responsable de mediatizar la difusión y promoción de la cultura pero, a fin de jamás renunciar a la verdad histórica, también considero importante que, en especial, la juventud mexicana no solo cuestione e identifique los intereses que persigue la historia oficial; sino que también fortalezca su pensamiento crítico y aprenda a tomar decisiones basados en el análisis concreto de la realidad histórica, tarea que implica informarse y concientizar a más jóvenes, para apresurar su reencuentro con el pasado antes de que se pierda en el olvido un legado de más de 150 años de historia de lucha obrera y campesina por techo, tierra, trabajo, pan, salud, educación, independencia, democracia y libertad.
[1] del Palacio Díaz, Alejandro. Nuevas Lecciones de Teoría Constitucional. Edit. CEID. 2017. México. Pág. 167-168.
